Hablemos del juego

29.07.2026

¿Cómo puedo jugar con mi hijo?

Parece una pregunta sencilla, pero aparece muchas veces en las sesiones.

Hay padres y madres que se sientan en la alfombra con toda la intención de jugar con su hijo y, sin darse cuenta, empiezan a enseñar:

"¿De qué color es? ¿Cómo hace la vaca? Cuenta las piezas. ¿Qué es esto? Venga, dilo tú".

Lo primero que quiero es que no haya culpa. No lo hacen mal, lo hacen desde el amor, porque saben que su hijo necesita apoyo y porque llevan en la cabeza una lista interminable de cosas que podrían trabajar: el lenguaje, la atención, los turnos, los colores, la motricidad, la autonomía…

Pero, a veces, con tantos objetivos, se nos olvida jugar.

Y jugar también es sentarse en la alfombra, hacer tonterías, repetir diez veces la misma broma, mirar un cuento sin terminarlo o esconder un muñeco debajo de la camiseta solo porque a los dos nos hace gracia.

Jugar no es comprobar lo que sabe

Cuando hacemos una pregunta detrás de otra, el juego puede acabar pareciéndose bastante a un examen. Normalmente, además, preguntamos cosas cuya respuesta nosotros ya conocemos, y el niño lo percibe:

"¿De qué color es el coche?".

Y, a veces, el niño no nos contesta. No porque no lo sepa, sino porque se ha cansado de que le preguntemos cuando él o ella lo que quiere es jugar.

Podemos probar a cambiar la pregunta por un comentario:

"¡Has cogido el coche rojo! ¿Cuál puedo coger yo?".

En lugar de preguntar:

"¿Cómo hace el perro?".

Podemos coger el perro y empezar a jugar:

"¡Guau, guau! Este perro corre muchísimo. ¡Cuidado, que te muerde!".

Y, en vez de pedirle que repita una palabra, podemos ofrecérsela nosotros dentro del juego:

"El coche sube… sube… ¡y ahora baja rapidísimo!".

No hace falta que el niño responda cada vez. También está aprendiendo cuando escucha, observa, anticipa y comparte ese momento con nosotros.

Bajarnos a la alfombra

Muchas veces, jugar empieza simplemente por sentarnos cerca y mirar.

Antes de intentar cambiar lo que está haciendo, podemos observar: ¿qué le interesa?, ¿qué repite?, ¿qué le divierte?, ¿me deja acercarme?, ¿puedo hacer algo parecido a su lado?...

Si hace rodar un coche una y otra vez, no necesitamos convertir inmediatamente ese coche en una historia complicada. Podemos coger otro y hacerlo rodar cerca.

Si coloca los animales en fila, podemos añadir uno siguiendo su manera de jugar.

Si abre y cierra una puerta, quizá basta con acompañar:

"Abre y… cierra. Abre yyy… cierra".

No imponemos el juego ni la manera de jugar. Primero entramos en su juego. Después, poco a poco, podremos añadir alguna idea.

Cuando un niño siente que no hemos llegado para quitarle lo que le interesa ni para decirle cómo debe hacerlo, es más fácil que nos permita compartirlo.

Las cosquillas, las persecuciones y las pequeñas tonterías

No todos los juegos necesitan juguetes.

Las cosquillas, jugar al "que te pillo", esconderse detrás de una puerta, dejarse caer sobre un cojín o hacer como que no encontramos algo que está delante de nosotros pueden convertirse en momentos de muchísima conexión.

Estos juegos de formato, verbales o no, son muchas veces el inicio de la comunicación. Aparecen la mirada, la espera, la anticipación y las ganas de que lo que nos gusta vuelva a ocurrir.

Podemos parar un momento antes de repetir y esperar:

"¿Otra vez? Una, dos y… ¡tres!".

Tal vez el niño lo diga con palabras. Tal vez se acerque, nos mire, sonría o coloque nuestras manos donde quiere. Todo eso también es comunicación.

Eso sí, es importante que, como adultos, recordemos una cosa: las cosquillas solo son juego cuando ambos las disfrutan.

Si el niño se aparta, se pone tenso, dice que no o intenta parar, paramos. Reír no siempre significa estar cómodo.

El juego corporal tiene que ser seguro y respetuoso.

Un cuento también puede ser un juego

A veces abrimos un cuento pensando que tenemos que leerlo entero y en el orden correcto. Pero compartir un cuento puede ser muchas otras cosas.

Podemos mirar solo las imágenes, inventar voces, buscar un personaje, hacer sonidos o volver cinco veces a la misma página.

Puede que el niño pase las hojas muy deprisa. Puede que solo quiera mirar el dibujo del lobo. Puede incluso que cierre el libro antes de terminar.

No pasa nada.

El objetivo no es demostrar que puede permanecer sentado hasta la última página. El objetivo es compartir algo:

"¡Otra vez has encontrado al lobo! Mira, se está escondiendo. ¿Dónde estará ahora?".

Leer juntos no tiene por qué ser una tarea. De hecho, es más enriquecedor cuando se convierte en un momento de cercanía, sorpresa y diversión.

Jugar por jugar

Mientras jugamos se trabajan muchísimas cosas: lenguaje, atención compartida, imaginación, regulación emocional, coordinación, flexibilidad, turnos, resolución de problemas…

Pero no necesitamos tenerlas todas presentes. Podemos confiar en que muchas de ellas aparecen precisamente porque estamos jugando de verdad.

Cuando construimos una torre y nos reímos al verla caer, cuando un muñeco se equivoca de camino o cuando repetimos una broma porque sigue haciendo gracia, están pasando muchas cosas, aunque no estemos anotando objetivos.

No todo momento compartido tiene que convertirse en una intervención. A veces el niño necesita que estemos ahí sin pedirle nada.

Seguir su juego no significa quedarnos mirando

Seguir la iniciativa del niño no quiere decir desaparecer ni dejarle jugar siempre de la misma manera.

Podemos participar, proponer y ampliar. La diferencia está en cómo lo hacemos.

Podemos hacer que el coche se pare, añadir un personaje, cambiar ligeramente una acción, esperar antes de repetir una broma o introducir un pequeño problema:

"¡Oh, no! El coche no puede pasar".

Hacemos una propuesta y observamos qué ocurre.

Si la acepta, seguimos. Si no le interesa, volvemos a lo que estaba haciendo o probamos otra cosa.

Jugar juntos se parece bastante a una conversación. A veces proponemos nosotros y otras veces seguimos la propuesta del niño. Y muchas de esas conversaciones ocurren sin palabras.

"Es que yo no sé jugar"

Algunos padres lo dicen casi con vergüenza: "Yo no sé jugar con él".

Y lo veo en sus ojos. Es doloroso para ellos sentir esa desconexión. Pero, por favor, si te sientes identificado, déjame decirte algo: tranquilo, no pasa nada.

No todas las personas adultas han jugado mucho en su infancia, o no se sienten cómodas inventando voces o tirándose al suelo.

Podemos empezar con algo pequeño: sentarnos cerca, imitar una acción, hacer un sonido, ofrecer una pieza o esperar para ver qué nos propone.

El juego se va construyendo. No depende de ser especialmente creativo, sino de estar disponible y mostrar interés por lo que el niño está haciendo.

Guardar por un momento la lista de objetivos

Puede ayudarnos reservar algunos minutos en los que no intentemos enseñar nada de manera consciente. Un rato sin corregir, sin comprobar y sin pensar en todo lo que todavía falta por aprender.

Y hacernos una pregunta sencilla:

¿Estamos disfrutando los dos?

Porque una actividad no se vuelve compartida solo porque el niño permanezca en ella. En el juego, los dos debemos poder participar, proponer, repetir, parar y disfrutar a nuestra manera.

En Diotima entendemos el juego como algo más que una herramienta para trabajar objetivos. Es una forma de acercarnos al niño, conocer sus intereses y construir vínculo.



No todo juego necesita una meta.                          A veces, jugar juntos ya es la meta. 

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