Regulación emocional: no se trata de estar bien todo el tiempo
Cuando hablamos de regulación emocional, de crianza respetuosa, las familias tenemos claro que queremos ir hacia ahí, que queremos romper definitivamente con el «esto se hace así porque yo lo digo», «si lloras no te voy a querer» o el típico «un cachete a tiempo». Tenemos claro que esa no es la manera. Lo que nos faltan son herramientas.
Porque criar con respeto no es hacerlo sin límites, es construir límites adecuados, lógicos y seguros. Y estar regulado emocionalmente no significa estar tranquilo, no llorar, no enfadarse o no tener miedo.
Las emociones no son buenas ni malas, son necesarias. Son respuestas de nuestro organismo ante lo que vivimos y todas, absolutamente todas, cumplen una función.
Si un niño se cae y llora porque se ha hecho daño, no está triste, no está enfadado: siente dolor y miedo. Necesita a su adulto de referencia para volver a estar bien. Necesita que le curemos, que le abracemos, que le enseñemos que vamos a estar cuando nos necesite.
Eso también es regulación emocional. No significa que no podamos llorar, significa que tengamos herramientas para poder transitar esa emoción, ajustarla y vivirla con una intensidad adecuada a lo que está ocurriendo.
La regulación se construye
Un niño pequeño no nace sabiendo regularse. Aprende a través de sus modelos y de sus experiencias.
Cuando atendemos la demanda de un bebé, acudimos a su llanto, intentamos comprender qué le pasa y ponemos palabras a lo que puede estar sintiendo, estamos proporcionándole experiencias. Estamos construyendo regulación emocional, y lo hacemos desde el principio.
Vamos con un ejemplo.
Un bebé de cinco meses llora por la noche en su cuna. ¿Qué hacemos? Vamos a verlo y, según nos acercamos, vamos hablando, porque a veces solo con nuestra voz ya empieza a calmarse:
—¿Qué pasa, cariño? ¿Tienes hambre? ¿Te has asustado? Mamá está aquí.
Quizá no acertemos a la primera. Igual no tenía hambre, igual estaba asustado porque no sabía dónde estaba mamá. No se trata de adivinar exactamente qué emoción siente, sino de estar disponibles, observar y ayudarle a organizar lo que está sintiendo.
Vamos calmando con nuestra voz, con nuestro contacto, y el bebé va aprendiendo que puede contar con nosotros para entender lo que le pasa.
Esto se llama corregulación. Durante los primeros años de vida, el niño necesita del adulto para organizar lo que siente y lo que le pasa y, a través de esas experiencias, va desarrollando estrategias que le sirven en su día a día.
Cada niño es diferente y, en diversidad, muchas veces necesitamos más tiempo de corregulación. Pedir la ayuda del adulto también puede ser una estrategia de regulación.
El niño necesita que nombremos las emociones cuando ocurren porque hay muchas que pueden parecerse desde fuera, pero no son iguales. Podemos llorar de pena, de frustración o de ira, pero lo que necesitamos y las estrategias que nos ayudan a volver a un estado de calma pueden ser diferentes, aunque visualmente se parezcan.

Antes de intervenir, hay que entender
Una conducta es el signo, pero no es la causa. Podemos trabajar una conducta, pero no eliminar la emoción.
Aquí vuelvo al ejemplo. Vamos a poner a Rodrigo, seis años, con diagnóstico de trastorno del espectro autista.
Rodri vive enfadado. O, al menos, esa es la percepción que tiene su familia. Constantemente aparecen el «NO», el grito y la frustración. Y viven en bucle.
¿Cómo ayudamos a Rodri y a su familia?
Lo primero que tenemos que hacer es entender.
Vamos a pedirle a la familia que durante una semana haga un registro. Que apunten las veces que Rodri se ha enfadado y si identifican o no la razón. Si no somos capaces de saber por qué se ha enfadado, describiremos el contexto: dónde estamos, qué estaba ocurriendo, qué hora es, si hay ruido de ambiente, si está cansado... Y, por último, qué estrategia ha puesto en marcha la familia, si ha funcionado o no y cuánto tiempo ha necesitado Rodri para volver a la calma.
Con este registro vamos a tener muchísima información. Y muchas veces, solo con hacerlo, la propia familia empieza a detectar patrones, a descubrir sus estrategias, sus fortalezas y las cosas que funcionan y las que no.
Es desde ahí desde donde vamos a empezar a trabajar.
No trabajamos la conducta fuera de la emoción ni del contexto. Ayudamos a Rodri a entender qué le está pasando, qué puede y qué no puede hacer cuando eso le pasa y qué estrategias puede utilizar para volver a un estado de calma.
Rodri no es un niño agresivo. Rodri es un niño que, cuando se desregula, puede gritar, decir que no o incluso presentar conductas agresivas. Y nuestro trabajo no consiste únicamente en conseguir que desaparezca la conducta, sino en entender qué le está ocurriendo y darle otras herramientas más funcionales.
Y aquí aparece algo importante: entender una conducta no significa permitirla.
Podemos acompañar el enfado de Rodri y, al mismo tiempo, poner un límite claro:
—Estás enfadado. Puedes decir «mamá, estoy enfadado porque…», pero no se puede pegar. Pegar está prohibido.
La emoción tiene espacio. El límite también.

Trabajamos desde lo que ocurre en su vida
Cuando ya sabemos qué es lo que le pasa a Rodri es cuando podemos diseñar un programa de trabajo específico.
Vamos a imaginar que Rodri se enfada todos los días cuando llega a casa después del colegio. Si hemos identificado que lo que pasa es que está cansado, podemos organizar visualmente la tarde partiendo de un tiempo inicial de descanso.
Si el problema es que aparece frustración porque no puede comunicar qué quiere para merendar, vamos a diseñar una herramienta que le ayude a realizar esa petición.
Si se enfada porque no le gusta esperar durante el juego, podemos visualizar la norma, darle temporalidad a la espera y ofrecerle estrategias para canalizar la frustración.
No se trata de eliminar de la vida de Rodri todo aquello que pueda enfadarle o frustrarle. La frustración también forma parte de la vida. Se trata de darle herramientas para que pueda vivir esas situaciones, entender qué le ocurre y encontrar estrategias cada vez más funcionales para afrontarlas.
La regulación emocional no se trata de estar bien todo el tiempo
Si toca estar triste, estaremos tristes. Si estamos enfadados, el enfado también forma parte de la vida.
Regularse no es dejar de sentir. Es poder reconocer lo que nos pasa, expresarlo y encontrar una manera de atravesarlo sin que la emoción nos desborde ni tengamos que apagarla.
La emoción tiene que tener espacio y sentido dentro del contexto del niño.
Si quieres saber más…
Para seguir pensando
La familia, la primera escuela de las emociones — Mar Romera
Una lectura dirigida a familias sobre cómo acompañar a niños y niñas en el conocimiento de sus emociones, ayudándoles a reconocerlas, identificarlas y convivir con ellas.
La familia, la primera escuela de las emociones
Francesco Tonucci
Tonucci es un referente para ampliar la mirada sobre infancia: escuchar al niño, reconocer su punto de vista y construir los entornos desde sus necesidades y no únicamente desde las del adulto. Su bibliografía incluye obras como Con ojos de niño, La soledad del niño o Cuando los niños dicen: ¡Basta!.
Para profundizar:
Corregulación y desarrollo emocional
La regulación se construye en relación con otros. Las interacciones sensibles y recíprocas entre el niño y sus adultos de referencia contribuyen al desarrollo emocional y social; poner palabras a lo que el niño está viendo, haciendo o sintiendo forma parte de esas interacciones desde edades muy tempranas.
Center on the Developing Child — Harvard University
¿Qué significa corregulación?
La corregulación no consiste únicamente en intervenir cuando el niño ya está desbordado. Incluye construir una relación segura, observar, validar lo que siente, modelar estrategias de regulación y proporcionar un entorno físico y emocional que facilite progresivamente la autorregulación.
Harvard Health — Co-regulation
