Antes de las primeras palabras, desarrollo y signos de alerta

06.08.2026

La comunicación comienza antes de hablar

Uno de los primeros axiomas de la atención temprana es que las bases de una conducta empiezan a construirse mucho antes de que podamos observarla claramente. Cuando hablamos de comunicación, no hay ninguna duda: la comunicación comienza mucho antes de que aparezcan las primeras palabras.

La pregunta importante es cuándo. Y la respuesta, en ocasiones, sorprende: desde el primer momento en que el bebé nace empieza a construirse la comunicación.

Al principio, el llanto es una respuesta biológica. El bebé detecta una sensación de malestar y llora; inmediatamente, el adulto acude, intenta comprender qué ocurre y responde a su necesidad. El llanto del recién nacido provoca en nosotros una activación intensa y una necesidad casi inmediata de actuar. Cuando se relaciona con dolor, hambre intensa o un malestar importante, puede volverse más agudo y penetrante, aumentando todavía más nuestra urgencia por responder.

Por supuesto, este primer llanto no es consciente. No existe todavía una intención comunicativa por parte del recién nacido. Su cerebro aún no ha establecido las conexiones necesarias para comprender la relación de causa y efecto entre su llanto y la respuesta del adulto. Pero poco a poco las irá construyendo, y el llanto se convertirá en una de sus primeras herramientas de comunicación.

Por este motivo, es importante atender el llanto del recién nacido. En esos primeros momentos, su cuerpo no está tratando de manipular al adulto ni de conseguir algo de manera deliberada: simplemente está reaccionando ante una situación de malestar y necesita que otra persona le ayude a regularla.

Con el paso de las semanas, el llanto empieza a diferenciarse. El bebé no llora exactamente igual cuando tiene sueño, cuando tiene hambre o cuando siente dolor. Al mismo tiempo, comienzan a aparecer otras formas de comunicación.

Surge la sonrisa, inicialmente más refleja y, posteriormente, claramente social. El bebé empieza a responder a los rostros, las voces y las expresiones de las personas que lo rodean. También aparecen los primeros balbuceos. Al principio, estas producciones están todavía alejadas del lenguaje propiamente dicho: son una forma de exploración.

Por eso suelen aparecer, sobre todo, cuando el bebé está tranquilo, tumbado en su cuna o sin una demanda directa por parte del adulto. El bebé experimenta: realiza una espiración más profunda, produce un sonido, siente la vibración en su cuerpo y descubre que puede repetirlo.

Entonces ocurre algo fundamental. Mamá, papá u otro adulto aparecen felices en su campo de visión. Le prestan atención, le hablan, repiten sus sonidos, esperan su respuesta y celebran cada nuevo intento. El bebé descubre que aquello que hace provoca una reacción en los demás.

Así aparecen los primeros juegos de intercambio vocal, que empiezan a sentar las bases de lo que más adelante serán las conversaciones: primero participa uno y después el otro. Hay turnos, espera, atención compartida y, sobre todo, un momento de encuentro construido desde el disfrute.

Los primeros gestos comunicativos

De manera paralela, empiezan a desarrollarse los gestos comunicativos. Aproximadamente desde los seis o siete meses y a lo largo del primer año, el bebé comienza a mostrar sus intenciones mediante la mirada, el cuerpo, las manos, las vocalizaciones y, progresivamente, el señalamiento.

Puede dirigir la atención del adulto principalmente con dos propósitos: para conseguir algo que desea o para compartir algo que le interesa. Estas primeras funciones comunicativas se conocen como protoimperativas y protodeclarativas.

De manera general, las conductas protoimperativas suelen aparecer antes. El niño comienza a "pedir" aquello que quiere: estira el cuerpo hacia un objeto, lo mira, vocaliza, extiende la mano o utiliza al adulto para conseguirlo.

Posteriormente aparecen las conductas protodeclarativas. El niño ya no busca únicamente obtener algo, sino compartirlo con otra persona: señala un perro que pasa, muestra un juguete, dirige la mirada hacia algo sorprendente y después comprueba si el adulto también lo está observando.

En este momento, aproximadamente entre los doce y los quince meses, puede que todavía no exista un lenguaje oral consolidado. Sin embargo, ya hay una comunicación claramente intencional, funcional y compartida.

De los balbuceos a las primeras palabras

Y llegamos al momento en el que comienzan a construirse las primeras palabras.

Estas primeras palabras nacen muchas veces dentro de ese juego de repetición con el adulto, que poco a poco se vuelve más preciso. De repente, un día, a uno de esos balbuceos podemos atribuirle un significado claro:

—¡Ha dicho mamá!
—¡Ha dicho papá!
—¡Ha dicho tete!
—¡Ha pedido agua!

En ese momento, aquello que hasta entonces parecía un juego de sonidos empieza a producir un efecto real. Papá o mamá se acercan, le dan el chupete, le ofrecen agua o responden a su llamada. El bebé comienza a descubrir que determinados sonidos pueden representar personas, objetos, acciones o necesidades.

Se establece así la conexión entre el significante, los sonidos que forman una palabra, y el significado, aquello que esa palabra representa.

Entre los doce y los veinticuatro meses suele producirse un avance muy importante en el desarrollo del lenguaje. Aumenta progresivamente el vocabulario y empiezan a aparecer las primeras combinaciones de dos o tres palabras. El lenguaje comienza a permitir que el niño exprese cada vez más deseos, experiencias, acciones e ideas.

No todos los niños viven una "explosión lingüística" exactamente igual ni en el mismo momento. En algunos, el aumento de vocabulario es muy rápido y evidente; en otros, el crecimiento es más gradual. Lo importante es observar que la comunicación continúa avanzando y se vuelve cada vez más variada, eficaz y compartida.

Un lenguaje todavía en construcción

Durante este proceso aparecen errores completamente esperables. Son parte natural de un lenguaje que todavía está en construcción.

Puede haber errores de pronunciación, porque el niño aún está aprendiendo a coordinar con precisión los movimientos de la boca. También pueden aparecer repeticiones o interrupciones en la fluidez, especialmente en momentos en los que quiere expresar muchas ideas y todavía no dispone de todos los recursos necesarios para organizarlas y pronunciarlas.

Son habituales, además, los errores de concordancia en el género, el número o los tiempos verbales. El niño está descubriendo las reglas de su lengua y, en ocasiones, las aplica de una manera lógica, aunque no coincida con la forma adulta.

Aparecen también momentos especialmente divertidos y entrañables: esa "lengua de trapo" que tanto enternece a las familias, las palabras inventadas o la jerga con la que el niño rellena los huecos de aquello que todavía no sabe expresar.

Ha observado que los adultos construyen mensajes más largos, pero aún no conoce todas las palabras necesarias. Por eso improvisa, combina sonidos, gestos y expresiones y convierte, en ocasiones, lo que quiere contarnos en una pequeña adivinanza para quienes lo conocen mejor.

Todo esto puede formar parte del desarrollo habitual y no necesita necesariamente una intervención. Necesita modelos.

Necesita que hablemos con el niño, que compartamos experiencias y que demos significado a lo que hace y a lo que intenta decir. No es necesario corregir constantemente cada error ni pedirle que repita una palabra una y otra vez. Sin embargo, sí es importante ofrecerle el modelo correcto de manera natural.

Por ejemplo, si dice «papato» para pedir un zapato, podemos responder:

—Sí, aquí está tu zapato.

No necesitamos señalarle el error, pero tampoco conviene imitarlo de forma habitual o infantilizar deliberadamente nuestra pronunciación. El adulto puede utilizar mensajes claros, naturales y adaptados a la capacidad de comprensión del niño, ofreciendo un modelo lingüístico rico sin convertir cada interacción en un ejercicio.

Cuando algo no avanza como esperábamos

Pero todo esto pertenece a lo que esperamos encontrar dentro de un desarrollo habitual. ¿Qué ocurre cuando no es así? ¿Qué sucede cuando una familia, un profesor o un profesional siente que algo no está avanzando como debería?

Aquí merece la pena detenernos.

Existen muchas circunstancias que pueden influir en el desarrollo de la comunicación y del lenguaje. Algunas tienen un impacto más evidente y otras se presentan de una manera mucho más sutil. Pero cuando alguien cercano al niño percibe que algo puede estar ocurriendo, conviene parar, observar y valorar.

Es preferible realizar una evaluación que finalmente nos permita concluir que todo evoluciona adecuadamente y que el niño necesita más tiempo, que perder la oportunidad de ofrecer un apoyo temprano cuando realmente lo necesita.

Y valorar no significa limitarse a contar cuántas palabras utiliza.

Significa observarlo durante el juego. Ver cómo se relaciona con otras personas, si busca compartir, si pide ayuda y qué recursos utiliza para hacerlo. Observar si lleva al adulto de la mano hasta aquello que desea, si utiliza la mirada, los gestos, los sonidos o el cuerpo para expresarse.

También implica prestar atención a cómo explora el espacio, si busca determinadas sensaciones —por ejemplo, tumbarse en el suelo para sentir una vibración—, si necesita recorrer los límites de la sala o si muestra formas de juego poco variadas.

Vamos a observar cómo responde a los sonidos, cómo sonríe, cómo protesta, cómo se enfada, cómo pide, cómo rechaza y cómo comparte.

En definitiva, antes de preguntarnos únicamente cuánto habla, necesitamos comprender cómo se comunica.

«Me han dicho que ya hablará»

Hay una frase que prácticamente todos los profesionales que hemos trabajado en este ámbito hemos escuchado alguna vez:

—Me han dicho que ya hablará.

Cuidado con esa respuesta.

Cuando una familia acude a un especialista con una preocupación, muchas veces pensamos que lo que necesita es tranquilidad. Pero no siempre es así. Lo que necesita, en primer lugar, es que escuchemos sus miedos y seamos rigurosos con ellos.

Incluso cuando finalmente comprobamos que todo evoluciona adecuadamente y que solo era una preocupación, ese miedo también necesitaba ser escuchado, comprendido y contenido. Las familias necesitan sentirse acompañadas desde la empatía, no silenciadas con una frase tranquilizadora.

Recuerdo especialmente a una madre que llegó a consulta después de recibir el diagnóstico definitivo de su hijo, tras muchos meses de pruebas médicas, dudas y distintos diagnósticos posibles.

Me dijo que, cuando la discapacidad llegó a su vida y a su casa, la sintió tan grande que parecía haberle robado espacio a sus propios hijos. Pero, sobre todo, se sintió discapacitada como madre.

Se culpaba por no haberlo sabido ver antes. Por haberse fiado cuando un médico, después de una consulta de apenas diez minutos, le aseguró que su hijo no era autista. Y se había sentido juzgada cuando otro profesional le dijo que, si utilizaba gestos con su hijo, él no hablaría por su culpa.

La violencia médica y profesional sigue existiendo. No es la norma ni representa a la mayoría de los profesionales, pero ocurre.

Y cuando estas familias llegan finalmente a los terapeutas, muchas veces ya se sienten examinadas, cuestionadas y culpabilizadas. Han pasado por numerosas pruebas y consultas, pero la sensación que permanece es siempre la misma:

Nadie me ha escuchado a mí.

Nadie me ha preguntado cómo es nuestro día a día.

Nadie se ha sentado conmigo a observar esas señales de alerta que yo veía, pero que ni siquiera sabía cómo explicar.

Nadie me ha dicho qué puedo hacer para ayudarle.

¿Cómo le explico las cosas si parece que no me entiende?
¿Tengo que seguir hablándole aunque no me mire o no responda?
¿Cómo puedo favorecer su comunicación?
¿Qué hago cuando no sé qué necesita?

En definitiva, nadie se ha sentado a resolver sus dudas, reconocer sus fortalezas como familia y ayudarles a construir un plan a partir de ese momento.

Por eso, cuando una familia dice que algo le preocupa, nuestra primera función no debería ser tranquilizarla deprisa. Debería ser escucharla, observar junto a ella, ayudarla a poner palabras a lo que está viendo y ofrecerle respuestas concretas.

Porque una valoración no consiste únicamente en determinar si existe o no una dificultad. También debe ayudar a la familia a comprender qué está ocurriendo, qué puede hacer y cómo puede acompañar a su hijo desde ese mismo día.

¿Qué señales conviene observar?

Escuchar la preocupación de una familia es el primer paso, pero después necesitamos ayudarla a concretar qué está viendo.

En ocasiones no existe una única señal clara. Lo que aparece es una sensación difícil de explicar: parece que el niño no responde como esperábamos, que no busca compartir, que no comprende algunas situaciones cotidianas o que encuentra muchas dificultades para expresar lo que necesita.

Los signos de alerta no deben utilizarse como una lista para diagnosticar ni como un examen que el niño tenga que superar. Una señal aislada no explica por sí sola lo que está ocurriendo. Sin embargo, puede indicarnos que merece la pena detenernos, observar el desarrollo en su conjunto y solicitar una valoración específica.

Estas son algunas de las señales a las que conviene prestar atención en el día a día:

  • No responde de manera consistente a determinados sonidos o a su nombre. De nuevo, necesitamos detenernos y observar con más detalle: ¿no responde nunca o solo en algunas ocasiones?, ¿qué estaba haciendo en ese momento?, ¿había algo que concentraba especialmente su atención?, ¿a qué distancia y en qué posición se encontraba el adulto?

  • Muestra escasa intención comunicativa. Conviene observar cuándo aparece y cuándo no, si se comunica de la misma manera con los adultos y con otros niños y qué recursos utiliza para pedir aquello que quiere o necesita.

  • Utiliza pocos gestos para pedir, rechazar, mostrar o compartir. Por ejemplo, puede llevar al adulto de la mano hasta lo que quiere, pero sin mirarlo, señalarlo o comprobar si ha comprendido su intención.

  • Busca poco la atención compartida. Puede mostrar escaso interés por compartir con otra persona lo que está mirando, haciendo o disfrutando, o buscar poco a la familia durante el juego.

  • Presenta dificultades importantes para comprender mensajes cotidianos, incluso cuando estos son breves, conocidos y están relacionados con la situación que está viviendo.

  • La comunicación no muestra avances durante un periodo prolongado o continúa siendo muy limitada para su momento del desarrollo y sus experiencias.

  • Pierde palabras, gestos, formas de juego u otras habilidades que ya había adquirido. La pérdida de capacidades previamente consolidadas siempre merece una consulta profesional.

  • Experimenta una frustración intensa y frecuente cuando intenta comunicarse. En algunas ocasiones, conductas como llorar, gritar, tirar objetos, escapar o dejarse caer pueden aparecer cuando el niño no dispone de una forma eficaz para expresar lo que quiere, rechazar algo, pedir ayuda o anticipar lo que va a suceder. No debemos asumir que toda dificultad de conducta se debe a la comunicación, pero sí preguntarnos qué puede estar intentando expresar.

Todas estas señales son importantes y merecen ser observadas, pero no constituyen por sí mismas una valoración ni permiten conocer automáticamente su causa.

Una evaluación deberá contemplar el desarrollo del niño en su conjunto. Será importante valorar su audición, sus habilidades motoras, sensoriales, cognitivas, emocionales y sociales, su comprensión, su juego y las oportunidades de comunicación que encuentra en sus entornos cotidianos.

En algunos casos podrá identificarse una condición que explique parte de las dificultades; en otros, estas serán el resultado de varios factores y no existirá una única causa claramente delimitada. Por eso no evaluamos únicamente para encontrar una etiqueta, sino para comprender qué está ocurriendo y construir un plan de acción ajustado al niño y a su familia.

Ante estas señales, la familia puede compartir sus observaciones con pediatría y solicitar una valoración específica del desarrollo, la audición y la comunicación. No es necesario esperar a tener un diagnóstico para empezar a ofrecer apoyos.

Un pequeño plan para empezar

Hoy vamos a intentar construir, en la medida de lo posible y desde una mirada general, un pequeño plan de acción para estas familias, tanto si tienen un diagnóstico como si todavía no lo tienen.

Por supuesto, no se trata de una pauta cerrada ni puede sustituir una valoración individual. Cada niño y cada familia tienen necesidades, fortalezas y circunstancias diferentes. Este plan deberá ampliarse y adaptarse, pero puede ofrecernos un primer punto de partida.

A la hora de explicar lo que va a ocurrir, utiliza frases cortas, claras y concretas. Destaca las palabras más importantes y, cuando pueda ayudarle, acompaña el mensaje con gestos, objetos, fotografías o imágenes.

Cuando esté aprendiendo una acción nueva, puedes mostrarle cómo hacerla, realizarla a su lado u ofrecerle la ayuda mínima necesaria. Después, retira ese apoyo poco a poco, dándole tiempo y oportunidades para participar de una manera cada vez más autónoma.

Comunícale siempre qué vais a hacer y adónde vais a ir. Aunque todavía no utilice lenguaje oral o parezca no responder, necesita recibir información sobre lo que sucede a su alrededor.

Si vais a acudir a un lugar nuevo, podéis utilizar fotografías reales del espacio para anticiparlo. Cuando sea posible, también puede ayudar visitarlo previamente. De esta manera, el día de la actividad será nueva la experiencia, pero no necesariamente el lugar.

Juega con él o con ella desde sus propios intereses. Juega por el placer de jugar, sin convertir cada momento compartido en una sesión de estimulación ni perseguir constantemente un objetivo.

La finalidad inicial es crear conexión.

Observa qué le interesa, qué le hace sonreír, qué repite y qué busca compartir contigo. Escucha más allá del lenguaje verbal: sus gestos, su mirada, su expresión corporal y sus señales de placer, malestar, aceptación o rechazo también forman parte de su comunicación.

Pon palabras a lo que está ocurriendo. Interpreta sus intentos y ofrece modelos sencillos:

—Quieres más.
—No te gusta.
—Necesitas ayuda.
—Te ha sorprendido.

Intenta ser modelo antes que corrector. No es necesario pedirle constantemente que repita, señalar cada error o convertir la comunicación en un examen. Necesita encontrar en el adulto una respuesta clara, disponible y ajustada a sus posibilidades.

Y, junto a todo esto, busca momentos de relevo.

A veces la situación puede resultar abrumadora. Las familias necesitan saber que, para poder acompañar y cuidar, también necesitan estar cuidadas. Tomarse un café con un amigo, salir al cine, descansar o disfrutar de un tiempo sin los hijos no es abandonar sus necesidades ni quererlos menos.

Es saludable, necesario y forma parte del cuidado familiar.

Estoy segura de que muchas familias ya hacen gran parte de estas cosas de manera intuitiva. Tal vez nadie se haya sentado con ellas para explicarles que todo eso también forma parte del plan.

Anticipar, jugar, observar, interpretar, ofrecer modelos, respetar los intentos comunicativos y pedir ayuda cuando se necesita son acciones que ya están favoreciendo el desarrollo de sus hijos.

Este es nuestro objetivo compartido: ayudarle a comunicarse, participar, aprender y desarrollarse contando con los apoyos que necesita.


¿Hablamos de comunicación y signos de alerta en vuestro centro?

Desde Diotima ofrecemos charlas sobre el desarrollo temprano de la comunicación y el lenguaje, adaptadas a las necesidades de cada grupo.

Podemos abordar este tema desde dos perspectivas diferentes:

Charlas para familias, orientadas a comprender cómo se construye la comunicación, qué señales conviene observar y cómo acompañar al niño en las situaciones cotidianas sin convertir cada interacción en una sesión de estimulación.

Charlas para profesionales y centros educativos, centradas en la observación de la comunicación en el aula, la detección de posibles signos de alerta, la introducción de apoyos y la comunicación respetuosa con las familias.

Durante la puesta en marcha de Diotima ofrecemos hasta dos charlas gratuitas por centro educativo o asociación.

Puedes solicitar una charla o contarnos las necesidades de vuestro centro a través del siguiente formulario.

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